7 de mayo de 2011

Liturgia posconciliar

Tradición y Progreso en la Liturgia

El Papa Benedicto XVI expresó ayer su oposición a cualquier choque «preconcebido» entre ideas tradicionales y progresistas en la liturgia de la Iglesia Católica, debate que calificó de «poco atinado». Al recibir, durante una audiencia en el Palacio Apostólico del Vaticano, a los participantes de un congreso del Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, el Pontífice advirtió sobre los «malentendidos» que han provocado contraposiciones inútiles.


(Informador/InfoCatólica)
El Santo Padre dijo que "a propósito de la liturgia católica, no pocas veces se contrapone en modo poco atinado a la tradición y al progreso, dos conceptos que, en realidad, se integran, porque la tradición incluye ella misma en algún modo el progreso".

Con estas palabras el Papa teólogo abordó uno de los temas más debatidos de los últimos 40 años por el catolicismo: la reforma litúrgica introducida por el Concilio Vaticano II (1965) y su posterior interpretación, dividida justamente entre progresistas y tradicionalistas.


Reconoció que antes del Concilio era clara la urgencia de reformar las celebraciones de la Iglesia para promover una participación más activa de los fieles a través del uso de las lenguas nacionales y que se profundizara la adaptación de los ritos en las varias culturas.

"Además se reveló clara desde el inicio la necesidad de estudiar en modo más profundo el fundamento teológico de la liturgia, para evitar caer en el ritualismo y para que la reforma fuese bien justificada en el ámbito de la revelación y en continuidad con la tradición de la Iglesia", apuntó.

Empero, advirtió que la liturgia va más allá de la misma reforma, cuyo objetivo original no fue principalmente cambiar los ritos y los textos, sino renovar la mentalidad para poner al centro de la vida cristiana la celebración del misterio de la muerte y Resurrección de Cristo.

El Papa lamentó que los mismos obispos y los expertos hayan considerado a la liturgia simplemente como un objeto que se debía reformar y no como "un sujeto capaz de renovar la vida cristiana".

"La liturgia en la Iglesia vive de una correcta y constante relación entre sana traditio (sana tradición) y legitima progressio (legítimo progreso)", sentenció el Santo Padre.

6 de mayo de 2011

La música en las iglesias...

Una crítica a la música empleada en las parroquias de hoy


El director de música coral en la Orquesta Sinfónica de Londres (Inglaterra) y ganador del Grammy, Joseph Cullen, pidió a las conferencias episcopales católicas ceñirse más a los documentos de la Iglesia sobre música sacra, e instrumentalizar una buena capacitación en las parroquias en esta materia.

Joseph Cullen

(Aica / InfoCatólica)
En un artículo publicado el 9 de abril en el semanario católico inglés The Tablet, Cullen elogió la música que acompañó la visita del papa Benedicto XVI al Reino Unido en septiembre de 2010. Sin embargo, advirtió, "esa excelencia no es común en la mayoría de las iglesias católicas".

Cullen lamentó que se utilicen himnos basados en música popular "sin tener en cuenta la incompatibilidad de las palabras originales y conocidas". Para el reconocido músico existe "una evidente falta de compasión por el patrimonio, que debe ser la piedra angular de la música sacra digna en la Iglesia de hoy".

Cullen, que ganó el Grammy en 2006 junto a Sir Colin Davies por la grabación de "Falstaff" de Giuseppe Verdi, también reprobó el mal uso de una sola voz tras el micrófono en la música parroquial, lo que denominó "un karaoke eclesiástico" que "parece haber asesinado el canto congregacional unificado".

Para el director inglés, el problema se originó con la búsqueda de un nuevo arreglo musical para la Misa del Novus Ordo en la década de 1960, lo que condujo a una laxitud en el control artístico del proceso musical. El resultado de esto, indica Cullen, es que la mayoría de las misas en las parroquias usan himnos pobremente compuestos como "relleno" durante la liturgia sagrada.








La crítica más dura de Cullen estuvo dirigida a los músicos oficiales diocesanos, que comisionan y promueven sus propias melodías. Cullen concluyó indicando que "los comités electos de música sacra de las conferencias episcopales no pueden tener intereses creados en la promoción de su propia música, o tipo de música. Esto se consideraría una corrupción en cualquier otro campo".

1 de mayo de 2011

Homilía del Santo Padre

Beatus Ioannes Paulus II


Luego de proclamar Beato al papa Juan Pablo II, el Santo Padre Benedicto XVI pronunció una homilía en la que entre otros conceptos, rememoró el día del fallecimiento del papa polaco, y explicó por qué resolvió efectuar el proceso de beatificación con “razonable rapidez” y por qué eligió para este acto el Domingo de la Misericordia.
El siguiente es el texto completo de la homilía de Benedicto XVI:

"Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, vinieron a Roma para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta.

Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

"Dichosos los que crean sin haber visto" (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica.

E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo reveló nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en “Pedro”, la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: “Dichoso, tú, Simón” y “Dichosos los que crean sin haber visto”. Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45).

La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro.

María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del Evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

"También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: "Por ello ustedes se alegran", y añade: "Ustedes no vieron a Jesucristo, y lo aman; no lo ven, y creen en él; y se alegran con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de la fe: la propia salvación" (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. "Es el Señor quien lo hizo -dice el Salmo (118, 23)- fue un milagro patente", patente a los ojos de la fe.

"Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium.

Todos los miembros del Pueblo de Dios -obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia.

Karol Wojtyla, primero como obispo auxiliar y después como arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera.

Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyla: una cruz de oro, una "eme" abajo, a la derecha, y el lema: "Totus tuus", que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyla encontró un principio fundamental para su vida: "Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, María, soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón". (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: "Cuando el 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio". Y añadía: "Deseo expresar una vez más mi gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado".

¿Y cuál es esta "causa"? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: "¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!".

Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera encíclica e hilo conductor de todas las demás.

"Karol Wojtyla subió al solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su "timonel", el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar "umbral de la esperanza".

Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de "adviento", con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

"Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostuvieron mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una "roca", como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

"¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Tantas veces nos ha bendecido desde esta misma Plaza. Santo Padre, bendícenos de nuevo desde esa ventana. Amén".+


Beatus Ioannes Paulus II, ora pro nobis!

Beatus Ioannes Paulus PP. II


Nos, vota Fratris Nostri Augustini Cardinalis Vallini, Vicarii Nostri pro Romana Dioecesi, necnon plurimorum aliorumFratrum in Episcopatu multorumque christifidelium explentes, de Congregationis de Causis Sanctorum consulto, Auctoritate Nostra Apostolica facult atem facimus ut Venerabilis Servus Dei Ioannes Paulus II, papa, Beati nomine in posterum appelletur eiusque festum die altera et vicesima Octobris in locis et modis iure statutis quotannis celebrari possit. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Por desperfectos técnicos no se pueden mostrar los video en el blog, sin embargo:
Ceremonia de beatificación:

S.S. Benedicto XVI venera la tumba del Beato Juan Pablo II:

Visita de miles de peregrinos a la tumba del neo beato:

Foto de S.S. Benedcito XVI sosteniendo el relicario donde fue depositada sangre del nuevo Beato.
A la izquierda la hermana Marie Simon-Pierre, curada mialgrosamente por intercesión de Juan Pablo II; al centro, de hábito negro, la hermana Tobiana Sobotka.

Veneración del Beato Juan Pablo II

Féretro expuesto para la veneración en la Basílica de San Pedro.

El rito de beatificación

La celebración tiene las características típicas de las celebraciones de beatificación. El Rito está inserto dentro de la Santa Misa y se lleva a cabo inmediatamente después de los Ritos de introducción y el Acto penitencial.
El cardenal Agostino Vallini, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis Roma, pide que se proceda a la Beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II.


Después, lee una breve biografía del Siervo de Dios Juan Pablo II. Inmediatamente el Santo Padre pronuncia la fórmula de Beatificación. Sigue la colocación en el altar de las reliquias del nuevo Beato mientras viene develada la imagen del Beato, colocada bajo el balcón central de la Basílica Vaticana.
Al final del rito, el cardenal Vallini da las gracias al Santo Padre y, junto con el Postulador, se acerca al Papa para el abrazo de la paz. La Misa continúa con el canto del "Gloria".


Al final de la Celebración de la Eucaristía, el Santo Padre, junto con los Señores Cardenales celebrantes, se dirige al interior de la Basílica para realizar el acto de veneración ante el cuerpo del nuevo Beato. Luego de las autoridades presentes y los Obispos, también los demás fieles podrán cumplir con el acto de culto.

30 de abril de 2011

Ioannes Paulus II beatificationis



Mañana será beatificado Juan Pablo II, 264 sucesor del Apóstol Pedro. En tiempo record, el proceso de beatificación ha concluido satisfactoriamente. Fuera de lo común ha sido su comienzo, e incluso lo será la misma ceremonia: contrariamente a la costumbre restaurada en este Pontificado, será el mismo Benedicto XVI quien oficie el Rito.

Estos últimos días vimos correr ríos de "tinta virtual", interminables artículos y detallados discursos de defensores y detractores de la figura de Juan Pablo II. Clérigos y laicos, católicos e infieles, catedráticos y gente sencilla, se han expresado sobre el tema.

Más allá de la opinión personal que cada uno tenga del neo beato, no puede negarse que ha sido una de las figuras más destacadas del siglo XX, no solo para la Iglesia Católica, sino para el mundo entero. Prueba de ello fue la masiva concurrencia a sus exequias, como así también el insistente "Santo subbito!" coreado constantemente desde el instante mismo de su muerte.

Desde aquí, no podíamos pasar por alto este acontecimiento. La mayoría de los miembros del Capítulo Argentino de Juventutem nacimos, fuimos bautizados, recibimos instrucción religiosa y maduramos nuestra Fe Católica durante el Pontificado de Juan Pablo II. Nos enseñaron a rezar por él, a aprender de él, a respetarlo y a quererlo.

Particularmente, quien suscribe, reconoce que le ha quedado muy marcada en su memoria la imagen del Papa celebrando la Santa Misa con gran unción, su piedad al rezar de rodillas, su cálida sonrisa, o su sincero cariño por los niños y jóvenes.

En sus últimos años de su reinado lo vimos envejecer, y sobrellevar con entereza la cruz de la enfermedad. Su misma muerte en Primer Sábado, en la Vigilia de la Fiesta de la Divina Misericordia, es para muchos de nosotros un signo celestial.


A pesar de todo, no podemos ignorar las voces de aquellos que señalan puntos oscuros o al menos, "poco claros" en su Pontificado. Nosotros podemos también manifestar con pesar que al menos no comprendemos ciertas actitudes y silencios. Sin embardo sabemos también que los santos son seres humanos, que a pesar de sus defectos y pecados, llegaron finalmente a vivir heroicamente las virtudes cristianas.

Desde aquí nos oponemos firmemente a esos neo fariseos, falsos católicos, que con total descaro y soberbia se atreven a calificar a Juan Pablo II de hereje y apóstata. Y no contentos con ello, arremeten contra la Santa Sede acusándola de fraguar un proceso de beatificación, de inventar milagros y de silenciar a los disconformes.

Con la canonización, el Papa propone a la veneración pública a determinada persona. Más allá de las peripecias del proceso, es el mismo Pontífice, quien en ejercicio de su infalibilidad eleva a los altares al nuevo santo. ¿Qué sentido tendrían la canonizaciones si se admite la peregrina idea de que al Papa no lo asiste el Espíritu Santo en estos casos? ¿Acaso puede proponer el culto de dulía a un condenado? La beatificación, siendo un paso previo a la canonización, no deja de participar de esta infalibilidad.

Juan Pablo II promulgó el Motu Proprio Ecclesia Dei, por el cuál se encomendó a los obispos el hacer uso generoso de la facultad de autorizar la celebración de la Santa Misa de Siempre en sus diócesis. Él mismo fue quien el 18 de octubre de 1988 dio la aprobación a la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, a la cual Juventutem Internationalis está íntimamente unida.

Bienvenida sea su beatificación, que Dios bendiga al "papa polaco" y lo tenga en su seno por siempre!

Viva Cristo Resucitado! Viva el Papa! Viva la Santa Madre Iglesia!

Fiesta de la Divina Misericordia

Se celebra el primer domingo luego de Pascua.


Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723).

En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).

Santa Faustina Kowalska

Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.

La escencia de la devoción
La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales:

1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina".

2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias. "Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad".

3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona. "Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia".

4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias. "Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio".

5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. "Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas".

La Santa Sede decreta día de la Divina Misericordia. Una propuesta de Santa Faustina Kowalska para la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 23 de mayo del 2000 un decreto en el que se establece, por indicación de Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia, que tendrá lugar el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico será «segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia». Ya el Papa lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril:
«En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».
Sin embargo, el Papa no había escrito estas palabras, de modo que no aparecieron en la transcripción oficial de sus discursos de esa canonización. Santa Faustina, que es conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, recibió revelaciones místicas en las que Jesús le mostró su corazón, fuente de misericordia y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. El Papa le dedicó una de sus Encíclicas a la Divina Misericordia («Dives in misericordia»). Los apóstoles de la Divina Misericordia están integrados por sacerdotes, religiosos y laicos, unidos por el compromiso de vivir la misericordia en la relación con los hermanos, hacer conocer el misterio de la divina misericordia, e invocar la misericordia de Dios hacia los pecadores. Esta familia espiritual, aprobada en 1996, por la Archidiócesis de Cracovia, está presente hoy en 29 países del mundo. El decreto vaticano aclara que la liturgia del segundo domingo de Pascua y las lecturas del breviario seguirán siendo las que ya contemplaba el misal y el rito romano.

Si el lector desea obtener una guía práctica del rezo, haga click en:

26 de abril de 2011

Aquí les dejo un video en el que Mons. Fellay, Superior de la FSSPX habla sobre los encuentros ecuménicos de Asís. Aunque el autor de este blog no está de acuerdo con los términos canónicos en que se encuentra dicha Fraternidad, encuentra interesante este video, donde se puede apreciar un análisis objetivo -excento por cierto de cualquier mensaje en contra de la Santa Sede, luego de una cuidadosa revisión- sobre estos encuentros y cuál es el rol de la Santa Madre Iglesia en ellos, como la única religión Verdadera.

Reitero mis posiciones con respecto a la FSSPX, aclarando que este blog no posee ninguna clase de vínculos con ella y que no recomienda la lectura de textos tendenciosos provenientes de sus adeptos ni sus reproducciones.


Por cierto, Mons. Fellay se dirige en inglés a la audiencia y tiene subtítulos en portugués. Si algún lector lo precisa, puede pedir aquí la traducción al castellano.

9 de abril de 2011

Liturgia de la Cuaresma

Liturgia de la Cuaresma
Sentido tradicional y actual.

Repasemos un poco de historia de la Cuaresma.
A mediados del siglo II se fijó un domingo como Pascua anual, aniversario de la Pasión de Cristo. Se relacionó con la Pascua judía, pero sin coincidir en el mismo día, ya que el Papa Víctor (189-198), después de una intensa controversia, fijó la Pascua cristiana en el domingo siguiente al 14 de Nisán, fiesta de la Pascua judía.

Síntesis histórica


La Cuaresma comenzó, embrionariamente, con un ayuno comunitario de dos días de duración: Viernes y Sábado Santos (días de ayuno), que con el Domingo formaron el “triduo”. Era un ayuno más sacramental que ascético; es decir, tenía un sentido pascual (participación en la muerte y resurrección de Cristo) y escatológico (espera de la vuelta de Cristo Esposo, arrebatado momentáneamente por la muerte).

Poco después la Didascalía habla de una preparación que dura una semana en la que se ayuna, si bien el ayuno tiene ya también un sentido ascético, es decir, de ayuno, abstinencia, sacrificio, mortificación.

A mediados del siglo III, el ayuno se extendió a las tres semanas antecedentes, tiempo que coincidió con la preparación de los catecúmenos para el bautismo en la noche pascual. Era un ayuno de reparación de tres semanas. Se ayunaba todos los días, excepto el sábado y el domingo.


A finales del siglo IV se extendió el triduo primitivo al Jueves, día de reconciliación de penitentes (al que más tarde se añadió la Cena Eucarística), y se contaron cuarenta días de ayuno, que comenzaban el domingo primero de la Cuaresma. Como la reconciliación de penitentes se hacía el Jueves Santo, se determinó, al objeto de que fueran cuarenta días de ayuno, comenzar la Cuaresma el Miércoles de ceniza, ya que los domingos no se consideraban días de ayuno. Así, la preparación pascual se alargó en Roma a seis semanas –también con ayuno diario, excepto los días indicados, es decir, sábados y domingos-, de las que quedaban excluidos el viernes y sábado últimos, pertenecientes al Triduo Sacro.

Pero a finales del siglo V, los ayunos tradicionales del miércoles y viernes anteriores a ese domingo primero de cuaresma cobraron tal relieve, que se convirtieron en una preparación al ayuno pascual.

Durante los siglos VI-VII varió el cómputo del ayuno. De este modo, se pasó de una Cuadragésima (cuarenta días: del primer domingo de cuaresma hasta el Jueves Santo, incluido), a una Quinquagésima (cincuenta días, contados desde el domingo anterior al primero de Cuaresma hasta el de Pascua), a una Sexagésima (sesenta días, que retroceden un domingo más y terminan el miércoles de la octava de Pascua) y a una Septuagésima (setenta días, ganando un domingo más y concluyendo el segundo domingo de Pascua). Este periodo tenía carácter ascético y debió introducirse por influjos orientales.

Esta evolución cuantitativa se extendió también a las celebraciones. En efecto, la Cuaresma más antigua en Roma sólo tenía como días litúrgicos los miércoles y los viernes; en ellos, reunida la comunidad, se hacía la “statio” cada día en una iglesia diferente. En tiempos de san León (440-461), se añadieron los lunes. Posteriormente, los martes y los sábados. El jueves vendría a completar la semana, durante el pontificado de Gregorio II (715-731).
Al desaparecer la penitencia pública, se expandió por toda la cristiandad, desde finales del siglo XI, la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles como señal de penitencia.


Por tanto, la Cuaresma como preparación de la Pascua cristiana se desarrolló poco a poco, como resultado de un proceso en el que intervinieron tres componentes: la preparación de los catecúmenos para el bautismo de la Vigilia Pascual, la reconciliación de los penitentes públicos para vivir con la comunidad el Triduo Pascual, y la preparación de toda la comunidad para la gran fiesta de la Pascua.
Como consecuencia de la desaparición del catecumenado (o bautismo de adultos) y del itinerario penitencial (o de la reconciliación pública de los pecadores notorios), la Cuaresma se desvió de su espíritu sacramental y comunitario, llegando a ser sustituida por innumerables devociones y siendo ocasión de “misiones populares” o de predicaciones extraordinarias para el cumplimiento pascual, en las que –dentro de una atmósfera de renuncia y sacrificio- se ponía el énfasis en el ayuno y la abstinencia.

Con la reforma litúrgica, después del Concilio Vaticano II (1960-1965), se ha hecho resaltar el sentido bautismal y de conversión de este tiempo litúrgico, pero sin perder la orientación del ayuno, la abstinencia y las obras de misericordia.

Sentido tradicional de la Cuaresma romana


La Cuaresma Romana tradicional tuvo un triple componente: la preparación pascual de la comunidad cristiana, el catecumenado y la penitencia canónica.

1. Primero, la preparación pascual de la comunidad cristiana.

Según san León, la Cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo que le dio Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”. Se trataba, por tanto, de un tiempo –introducido por imitación de Cristo y de Moisés- en el que la comunidad cristiana se esforzaba en realizar una profunda renovación interior. Los variados ejercicios ascéticos que ponía en práctica tenían esta finalidad última y no eran fines en sí mismos.

San León Magno

2. Segundo, el catecumenado.

Según la Tradición Apostólica, el catecumenado comprendía tres años, durante los cuales el grupo de los audientes recibía una profunda formación doctrinal y se iniciaba en la vida cristiana. Unos días antes de la Vigilia Pascual, el grupo de los elegidos para recibir en ella el Bautismo, se sometía a una serie de ritos litúrgicos, entre los que tenía especial solemnidad el del sábado por la mañana. Es el catecumenado simple.

Más tarde, la Iglesia desplazó su preocupación por los audientes a los electi. Estos se inscribían como candidatos al bautismo al principio de la Cuaresma. En ella recibían una preparación minuciosa e inmediata.

Pero a principios del siglo VI desapareció el catecumenado simple, se hicieron raros los bautismos de adultos, y los niños que presentaban para ser bautizados procedían de medios cristianos. Todo ello provocó una reorganización pre-bautismal.

Al principio había tres escrutinios, que consistían en exorcismos e instrucciones. En la segunda mitad del siglo VI son ya siete. Unos y otros estaban relacionados con la Misa. Primitivamente los tres escrutinios se celebraban los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma. Después se desplazaron a otros días de la semana. En esos escrutinios se preguntaba sobre la preparación de los catecúmenos.

Desde esta perspectiva, es fácil comprender que la preparación de los catecúmenos y su organización modelase tanto la liturgia como el espíritu de la Cuaresma. De hecho, los temas relacionados con el bautismo permearon la liturgia cuaresmal. De otra parte, la comunidad cristiana, aunque ayunaba sin olvidar a los penitentes, lo hacía pensando sobre todo en los catecúmenos.

La evolución posterior de la preparación bautismal trajo consigo que los escrutinios se desligasen completamente de la liturgia cuaresmal, provocando una nueva reorganización. Sin embargo, el mayor cambio afectó a la cuaresma misma, que pasó a ser el tiempo en que todos los cristianos se dedicaban a una revisión profunda de su vida cristiana y a prepararse, mediante una auténtica conversión, a celebrar el misterio de la Pascua. Quedó clausurada la perspectiva abierta por la institución penitencial y el catecumenado, con menoscabo de la teología bautismal.


3. Tercero, la penitencia canónica.

La reconciliación de los penitentes sometidos a la penitencia canónica se asoció al Jueves Santo. Por este motivo, los penitentes se inscribían como tales el domingo primero de Cuaresma. A lo largo del período cuaresmal recorrían el último tramo de su itinerario penitencial entregados a severas penitencias corporales y oraciones muy intensas, con las que ultimaban el proceso de su conversión. La comunidad cristiana les acompañaba con sus oraciones y ayunos. Como quiera que los penitentes participaban parcialmente en la liturgia, es lógico que en ésta quedara reflejada la situación de los penitentes.

La imposición de la ceniza es, por ejemplo, uno de esos testimonios penitenciales de la liturgia cuaresmal.


Espero que este artículo les haya dejado una muestra de la bimilenaria Tradición de la Santa Madre Iglesia, tan descuidada en nuestros días.